SOBREEXPOSICIÓN MEDIÁTICA, TRANSPARENCIA Y PORNOGRAFÍA POLÍTICA


La sobreexposición mediática ha sido celebrada en nuestros tiempos como un acto de transparencia, casi como una virtud cívica. Sin embargo, confundir ambas realidades es un error profundo. Como advierte el filósofo, Byung-Chul Han, lo que hoy llamamos transparencia muchas veces no es más que pornografía revestida de moralismo democrático, una exhibición sin límites que vacía de contenido lo que debería ser íntimo, sobrio y responsable.

Las redes sociales han convertido lo privado en un espectáculo permanente. Lo que antes se trataba con reserva, hoy se expone sin ninguna vergüenza en un intento desesperado de obtener validación. La sobreexposición se presenta como el síntoma de una inseguridad emocional que raya en lo patológico. Vivimos en una época donde mostrarse importa más que ser.

Este fenómeno es especialmente visible en millones de adolescentes alrededor del planeta. Incapaces de desenvolverse con soltura en el mundo real, encuentran refugio en la virtualidad, donde crean versiones idealizadas de sí mismos. Pero cuando esa misma lógica de inseguridad emocional migra hacia el ámbito de la política, el daño es mayor. La búsqueda de aprobación, disfrazada de transparencia, deriva en pornografía política.

La administración del Estado no demanda aplausos ni "likes". Gobernar implica tomar decisiones que rara vez son populares y que, en muchos casos, generan resistencia social. Intentar dirigir un país siguiendo la opinión fluctuante de las redes sociales no es transparencia, sino oportunismo disfrazado. Como plantearía el filósofo francés, Guy Debord, es transformar la vida pública en mercancía, una autopromoción constante que vende posturas populistas, no ideas.

En esta dinámica, los políticos reemplazan los proyectos de gobierno por contenidos virales. Aquello que se difunde no busca el bien común, sino el reconocimiento inmediato. No obstante la sobreexposición, llevada al extremo, se convierte en una forma de pornografía política que erosiona el respeto y destruye cualquier noción de responsabilidad institucional.

Byung-Chul Han, advierte que la sobreexposición digital fomenta la inmadurez emocional. Las publicaciones virales ofrecen gratificación instantánea, pero entorpecen la reflexión crítica. El pensamiento se sustituye por impulsos y las consecuencias desaparecen detrás de un mar de reacciones superficiales. La supuesta comunicación con “la gente” es apenas un espejismo, pues nunca hay una verdadera conexión con el otro.

El usuario viral vive una existencia distorsionada. Interactúa, pero no dialoga; publica, pero no escucha; reacciona, pero no comprende. El contacto humano queda reducido a estadísticas: visualizaciones, comentarios, corazones. La política, en este contexto, pierde profundidad y se vuelve un burdo espectáculo.

En Bolivia, ejemplos de esta lógica sobran. El vicepresidente Edman Lara es quizás el caso más evidente. Su ascenso mediático no se debe a sus capacidades como estadista, sino a su habilidad para convertir su vida en contenido de TikTok. Su presencia digital, lejos de enriquecer la vida pública, la trivializa.

Su incapacidad para gestionar sus emociones se ha transformado en un recurso de viralidad. Desde sus conflictos matrimoniales hasta sus desencuentros con el presidente Rodrigo Paz, todo aparece expuesto sin filtros en la red. Pero la sinceridad sin criterio no es transparencia; es exhibicionismo político.

La comunicación emocional necesita filtros, especialmente cuando proviene de una autoridad de Estado. El vicepresidente, sin embargo, parece carecer de ellos. En su culto al "yo", se aleja cada vez más de la razón crítica y convierte su figura en una mercancía de sí mismo. Su transparencia es tan extrema que deja de ser opinión y se transforma en pura pornografía. El problema no es la existencia de redes sociales ni la necesidad de comunicar, el problema es confundir comunicación con exhibicionismo y transparencia con descontrol emocional; la política requiere madurez, no impulsividad convertida en performance.

En este escenario, la responsabilidad recae también sobre nosotros, los electores. La política que tenemos no es solamente producto de quienes gobiernan, sino también de quienes eligen, si premiamos la superficialidad, la superficialidad gobernará, no podemos esperar madurez institucional si celebramos la inmadurez emocional, ni tampoco exigir transparencia cuando confundimos transparencia con espectáculo. La democracia requiere ciudadanos críticos, no consumidores de contenido efímero.

Tal vez no haya mucho por hacer a corto plazo, pero sí existe algo indispensable para el futuro: aprender a elegir mejor y, sobre todo, aprender a razonar mejor. De lo contrario, seguiremos eligiendo una y otra vez el mismo mal, disfrazado esta vez de viralidad.



Marcelo Miranda Loayza

Teólogo laico, escritor y educador


Artículo publicado originalmete en el matutino El Diario 


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