CUIDAMOS LA CASA MIENTRAS QUE AL INQUILINO SE LO MATA


En las últimas décadas, el discurso ambiental ha adquirido una fuerza innegable en la conciencia global. Desde cumbres internacionales hasta campañas educativas, el cuidado de la llamada “Madre Tierra” se ha convertido en una prioridad compartida por gobiernos, organizaciones y ciudadanos; la preocupación por el planeta no sólo es legítima, sino urgente.

La devastación ambiental que presenciamos diariamente resulta alarmante: bosques enteros desaparecen por intereses económicos, especies animales se extinguen a un ritmo acelerado y los océanos se convierten en vertederos de desechos. No se trata de exageraciones, sino de una crisis real que compromete el equilibrio de la vida en la Tierra.

Frente a este panorama, es comprensible que surjan movimientos decididos a revertir el daño causado; la promoción de energías limpias, la reducción del uso de plásticos y la defensa de los ecosistemas son iniciativas que merecen reconocimiento. Defender la naturaleza es, en muchos sentidos, defender la vida misma; sin embargo, en medio de esta legítima preocupación por el entorno, parece haberse deslizado una peligrosa omisión. Mientras cuidamos la denominada “casa común”, nos olvidamos al inquilino; y ese inquilino no es otro que el ser humano.

La paradoja es evidente: se promueve con intensidad la protección del planeta, pero se relativiza o incluso se ignora la dignidad humana; se condena con firmeza la contaminación ambiental, pero se guarda silencio ante otras formas de destrucción, más silenciosas, pero igualmente devastadoras.

Hoy asistimos a una crisis profunda del ser humano; no sólo se trata de guerras o conflictos armados, sino de una erosión interior que se manifiesta en la soledad, la depresión y el vacío existencial. El aumento de los suicidios, especialmente entre jóvenes, es un síntoma alarmante de esta realidad.

Resulta contradictorio luchar por la preservación de la vida en su dimensión ecológica, mientras se descuida la vida en su dimensión humana. ¿De qué sirve un planeta más limpio si quienes lo habitan han perdido el sentido de vivir? La raíz de ambas crisis —la ambiental y la humana— podría ser la misma, es decir, una cultura marcada por el individualismo, el relativismo, el progresismo y la indiferencia ha generado un distanciamiento tanto de la naturaleza como de la propia esencia humana. Se ha roto el vínculo con lo trascendente y, con ello, el equilibrio interior.

El ser humano, al perder de vista su valor intrínseco, termina tratándose a sí mismo como un objeto más, desechable y prescindible; esta lógica, aplicada también al entorno natural, explica en parte el deterioro que observamos en ambos niveles. No es posible separar el destino del planeta del destino de la humanidad, pues ambos están profundamente entrelazados. La crisis ecológica no es únicamente un problema técnico o político, sino también moral y espiritual.

Por ello, cualquier intento serio de salvar el medio ambiente debe incluir necesariamente una reflexión sobre el ser humano. No basta con cambiar hábitos de consumo o implementar nuevas tecnologías; es imprescindible recuperar el sentido de la dignidad humana. Cuidar la naturaleza implica también cuidar al hombre y esto supone atender sus necesidades materiales, pero también sus heridas emocionales y su sed de sentido. Una ecología integral no puede excluir la dimensión humana.

Ignorar esta realidad conduce a soluciones incompletas. Se pueden limpiar los ríos y reforestar los bosques, pero si el ser humano continúa vacío, herido y sin propósito, el problema persistirá bajo otras formas. Es necesario y urgente replantear nuestras prioridades; la defensa del planeta y la defensa de la vida humana no son causas opuestas, sino complementarias. Una no puede sostenerse sin la otra.

Salvar la “casa común” es importante, pero salvar al inquilino es urgente; porque, al final, no tiene sentido preservar un mundo en el que el hombre ya no quiera vivir; sólo cuando comprendamos que el cuidado del planeta y el cuidado del ser humano son dos caras de una misma moneda, podremos hablar verdaderamente de esperanza y de vida.


Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario 


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