¿QUE HACEMOS CON EL VICE?
Sin embargo, esa esperanza se enfrenta a un obstáculo interno que amenaza con socavar su propio cimiento: el papel del vicepresidente Edman Lara. Su exposición mediática constante y su tono populista han comenzado a eclipsar los esfuerzos del Presidente Paz, convirtiéndose en una distracción que genera ruido en un momento en que el país necesita coherencia y serenidad política.
Lara ha demostrado tener un estilo personal más cercano a los líderes populistas latinoamericanos de mediados del siglo 20. Su narrativa emocional, cargada de consignas y promesas mesiánicas, se distancia profundamente del lenguaje técnico, prudente y reformista del Presidente. Esta contradicción ideológica no es menor: mientras Paz habla de apertura internacional, responsabilidad fiscal y meritocracia, Lara apela a la épica del “pueblo” y al discurso de la redención.
Un gobierno con dos almas no puede sostenerse por mucho tiempo. La convivencia entre una visión liberal y una populista, dentro del mismo gobierno, no sólo es una contradicción política, sino también una bomba de tiempo mediática. En la práctica, lo que debería ser una dupla complementaria se ha convertido en un juego de tensiones públicas, donde el vicepresidente parece más interesado en acumular seguidores que en construir institucionalidad.
El problema de fondo no es la presencia de Edman Lara en las redes sociales, sino la forma y el contenido de sus intervenciones. Las redes son herramientas poderosas si se las usa con prudencia y estrategia, pero en manos de alguien que prioriza la exposición sobre la reflexión, pueden transformarse en un escenario de improvisación peligrosa. Lara ha caído en esa trampa: confunde popularidad con liderazgo y eso, en política, suele tener consecuencias graves.
Su falta de formación académica no debería ser un obstáculo insalvable. Nadie exige doctorados para ejercer liderazgo, pero sí la capacidad de análisis, lectura y criterio. Un vicepresidente que no lee ni se informa, que prefiere los minutos virales de TikTok a la lectura de un buen libro de historia, filosofía o economía, se aleja inevitablemente del perfil de un estadista. El país necesita más argumentos que discursos vacíos, más pensamiento que espectáculo.
La figura de Lara podría evolucionar si él mismo comprendiera el peso de su cargo. Tiene carisma y conexión con sectores populares, cualidades valiosas si se usan con responsabilidad, no obstante la responsabilidad implica moderar el ego, escuchar más y hablar menos, construir más y exhibirse menos. La política del siglo XXI demanda líderes con visión y profundidad, no influencers con celular.
La relación entre Paz y Lara debería ser simbiótica, no conflictiva. Si el presidente representa la razón, el vicepresidente podría ser el puente emocional con la ciudadanía, sin embargo, esa posibilidad se diluye mientras Lara insista en actuar como un caudillo en campaña permanente. La gestión gubernamental no puede convertirse en un reality show.
Cada declaración desmedida no sólo genera incertidumbre, sino que resta credibilidad a un gobierno que intenta reposicionar la imagen del país en el escenario internacional. Los mercados, los aliados y la sociedad civil necesitan señales de coherencia, no de improvisación. En política, la forma también es fondo, y las palabras tienen consecuencias, Bolivia atraviesa un momento decisivo; el país está cansado de los extremos, de los discursos vacíos y de los falsos redentores. El liderazgo de Rodrigo Paz representa una oportunidad única para romper ese ciclo, pero esa oportunidad se debilita con cada exabrupto de Lara. Si Lara no entiende la magnitud de su papel, terminará siendo el principal obstáculo del proyecto que dice defender.
El país no necesita salvadores, necesita servidores, no quiere más discursos sobre “el pueblo”, quiere resultados concretos, estabilidad, trabajo y educación. Si el vicepresidente comprende esto, aún puede rectificar el rumbo y convertirse en un actor valioso del proceso, pero si insiste en su autopercepción mesiánica, será recordado como la piedra en el zapato de un gobierno que pudo marcar una nueva era.
La decisión final, en efecto, está en sus manos. El futuro del país no depende sólo del Presidente Paz, sino también de la madurez política de su compañero de fórmula. Lo que haga o deje de hacer definirá si Bolivia avanza hacia la modernidad o vuelve a caer en el viejo abismo del populismo y la improvisación.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo laico, escritor y educador
https://www.eldiario.net/portal/2025/11/09/que-hacemos-con-el-vice/


