PARÁSITOS MENTALES: UNA REFLEXIÓN NECESARIA SOBRE EL PROGRESISMO
Uno de los casos más extremos fue el asesinato del influencer conservador Charly Kirk, un hecho que demuestra hasta dónde pueden llegar quienes consideran la violencia como un recurso legítimo de acción política. Cuando el crimen se justifica en nombre de una supuesta causa superior, la democracia pierde sus cimientos.
Otro episodio alarmante es la creciente imposición cultural y religiosa en Europa, donde el islam político ha encontrado terreno fértil para expandirse bajo el pretexto de la inclusión. La denuncia de abusos, violaciones o violencia callejera es inmediatamente desestimada como xenofobia o intolerancia, reforzando el miedo a hablar con libertad.
Incluso en el ámbito deportivo, la intromisión ideológica se hace evidente. La suspensión de la carrera ciclista más importante de España por manifestantes pro-palestinos es una prueba más de cómo el activismo radical se coloca por encima del respeto a la convivencia y las reglas compartidas; para estos grupos, interrumpir y dañar es un acto de justicia. Lo paradójico es que, mientras el progresismo de izquierda justifica estas acciones, condena como “fascistas” las denuncias sobre violaciones, abusos o inseguridad. La doble moral es evidente: los violentos son celebrados como héroes y quienes reclaman orden o respeto al derecho son acusados de intolerancia.
Aquí es donde la tesis de Kaiser cobra fuerza, los llamados parásitos mentales son ideas que nublan la razón y sustituyen el pensamiento autónomo por consignas prefabricadas. El problema no radica sólo en las ideas en sí, sino en la imposibilidad de cuestionarlas sin ser estigmatizado.
¿Cómo es posible que consignas tan dispares como “Palestina libre”, “aborto legal y gratuito”, “diversidad sexual”, “reserva moral”, “neoliberalismo”, “inclusión”, “descolonización de la cultura” o “Estado benefactor” convivan en un mismo discurso? Kaiser plantea que la coherencia no importa, porque lo que une a estas luchas no es la lógica, sino la emocionalidad de sentirse parte de una “causa justa”.
El resultado es una amalgama de banderas que se agitan según el calendario, pero que carecen de un eje racional común. Lo que se defiende hoy puede contradecir lo que se defendía ayer, pero eso no importa mientras exista un enemigo a quien señalar como responsable de todos los males. Este mecanismo tiene un efecto devastador en la vida pública, el diálogo sincero se vuelve imposible, porque cualquier disenso es reducido a etiquetas descalificadoras. Ya no hay debate sobre argumentos, sino juicios morales que buscan destruir al adversario.
Lo más preocupante es que disciplinas como la Biología, la Historia, el Derecho o la Filosofía quedan relegadas, los hechos, las evidencias y los principios dejan de importar cuando chocan con el dogma, el saber científico se vuelve sospechoso si contradice la narrativa oficial.
El Estado juega un rol central en este esquema, se presenta como el gran proveedor, el benefactor indispensable, el árbitro moral que dicta lo correcto y lo incorrecto. De esta forma, la dependencia ciudadana se convierte en un mecanismo de control político; los radicales piensan y diseñan la agenda, mientras que los “moralmente superiores” simplemente la acatan. Así se construye una pirámide donde unos pocos dirigen y millones obedecen, convencidos de estar del lado correcto de la historia.
Este fenómeno no es nuevo, pero se ha intensificado en un mundo hiperconectado. Las redes sociales amplifican consignas y cancelan voces disidentes en cuestión de segundos, lo que antes era un debate académico, hoy se resuelve con hashtags y linchamientos digitales. La advertencia de Kaiser debería ser tomada en serio: un pensamiento colonizado por parásitos mentales no sólo impide el progreso, también destruye la posibilidad de convivencia democrática. En definitiva, lo que está en juego no es una batalla ideológica aislada, sino la supervivencia de la racionalidad en la vida pública. Resistir a los parásitos mentales implica recuperar la valentía de pensar por cuenta propia, incluso cuando eso signifique ir contra la corriente.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador
Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario


