NUNCA ES NADA FÁCIL PARA LOS BOLIVIANOS


El relator deportivo Gonzalo Cobo pronunció una frase que ya trasciende la cancha de fútbol y los noventa minutos: “Nunca es nada fácil para los bolivianos”. Aunque surgió en un contexto deportivo concreto, encierra una verdad histórica, social y cultural que ha acompañado a Bolivia desde su nacimiento como república. En dos siglos de independencia, hemos aprendido que para el boliviano nada llega sin sacrificio. Todo exige un esfuerzo mayor, todo está marcado por la lucha constante contra adversidades que parecen multiplicarse, no se trata de un simple pesimismo, sino de un realismo teñido por la experiencia colectiva.

Bolivia es tierra de contrastes, posee paisajes exuberantes, selvas únicas, montañas imponentes y lagos que rozan lo místico. Somos un país que deslumbra al mundo con su naturaleza, pero que decepciona con su institucionalidad; más que un Estado sólido, muchas veces hemos sido una simple postal turística.

Sin embargo, la historia también demuestra que siempre surge un “repechaje”. Así como en el fútbol se presenta una oportunidad inesperada de seguir en competencia, en la vida nacional siempre aparece una segunda oportunidad para rehacernos, para reinventarnos y este es, tal vez nuestro rasgo más representativo: la resiliencia. Cuando los bolivianos conseguimos algo, aunque parezca pequeño, lo celebramos como una gran victoria, porque sabemos el precio que tuvo. El relato emocionado de Cobo conmovió al país entero porque tocó una fibra sensible: la certeza de que aquí nada se regala, todo se pelea, todo se suda y todo se complica.

Pero esa emoción también es un reflejo de nuestras heridas. Venimos de una historia marcada por derrotas, pérdidas territoriales, golpes de Estado, dictaduras y una mediocridad política que parece enquistada. Todo eso ha mellado nuestro orgullo colectivo y nos ha dejado la sensación de que el triunfo nos está prohibido. Vivimos en un círculo vicioso entre el fatalismo y la resignación. Nos repetimos a nosotros mismos que nada puede cambiar, que la corrupción siempre vencerá, que el esfuerzo es inútil y es esta mentalidad la que nos ha debilitado más que cualquier enemigo externo.

Si algo necesitamos como país, es romper con esa inercia cultural. Como dijo Aristóteles: el pensamiento condiciona la acción, la acción forma hábitos, los hábitos forjan carácter y el carácter moldea el destino; en otras palabras, somos lo que pensamos. Si creemos que estamos condenados al fracaso, actuaremos como fracasados, pero si apostamos a una mentalidad distinta, a una conciencia colectiva orientada hacia el esfuerzo y la superación, podremos escribir una nueva historia.

A los bolivianos nos han repetido demasiadas veces que no vamos a salir adelante, se nos ha inculcado que somos un pueblo destinado a la queja y al lamento, que nuestra identidad está hecha de derrotas. Esta narrativa debe terminar, ya que las verdaderas personas muertas en vida no son las que sueñan, sino las que te dicen que dejes de hacerlo y Bolivia necesita soñadores; necesita ciudadanos capaces de creer que sí es posible construir un país distinto.

No se trata de negar las dificultades ni de vivir en una ilusión ingenua. Se trata de asumir que, aunque nada sea fácil para los bolivianos, todo es alcanzable con disciplina, unión y convicción. La historia nos ha demostrado que sabemos levantarnos de las cenizas. Cada crisis que parecía terminal nos obligó a reinventarnos. Esa capacidad de resurgir es un capital que debemos transformar en motor de desarrollo y no en simple consuelo.

El repechaje de la vida y de la historia está frente a nosotros. La pregunta es si esta vez sabremos aprovecharlo. No se trata sólo del fútbol ni de política, sino de nuestra manera de existir como nación. Nunca será fácil, nunca lo ha sido, pero quizás en esa dificultad está la oportunidad de darle sentido a nuestra existencia como país: aprender a valorar lo que se logra con sacrificio.

Bolivia merece más que ser un simple paisaje. Merece ser un proyecto colectivo que supere la mediocridad establecida y ese camino, aunque empinado, sólo lo podremos recorrer si dejamos de lado el fatalismo, pero con la certeza de que nunca será nada fácil para los bolivianos.

Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario 


Entradas populares