Mentiras, Educación y Política


En los últimos días, el Partido Demócrata Cristiano (PDC) ha estado bajo la mirada crítica de la opinión pública. Los candidatos Rodrigo Paz y Edman Lara se han visto envueltos en una serie de declaraciones que ponen en evidencia no sólo la fragilidad de sus discursos, sino también la preocupante tendencia de algunos políticos a recurrir a la mentira o al desprecio por la educación como armas de campaña electoral.

El primer episodio lo protagonizó Rodrigo Paz, quien afirmó haber sostenido reuniones de alto nivel en Estados Unidos con representantes del Departamento de Estado, del Banco Mundial y del BID. Una declaración que, de entrada, buscaba reforzar su imagen como candidato con respaldo internacional. Sin embargo, vivimos en una época donde la información fluye de manera inmediata y donde las agendas de autoridades internacionales son públicas y de fácil acceso. Bastó la verificación de un tiktoker, Juan de Dios Villarroel, para que la presunta hazaña diplomática de Paz se desplomara como un castillo de naipes.

Lo que debió ser un gesto de prudencia terminó convirtiéndose en un escándalo mediático. Paz no sólo mintió al país, sino que además intentó sostener su mentira con actitudes altaneras, como si la población no tuviera capacidad de contrastar información en un mundo hiperconectado. El asunto es grave, no tanto por el episodio en sí, sino porque revela un patrón de conducta; si un candidato es capaz de inventar reuniones antes de asumir un cargo, ¿qué podemos esperar cuando tenga en sus manos las riendas del poder? La mentira se convierte, entonces, en una amenaza anticipada para la democracia.

Vale la pena recordar lo que advertía Immanuel Kant: la mentira es inaceptable en cualquier ámbito, pero mucho más en la política. El deber de decir la verdad, señalaba el filósofo prusiano, es un deber perfecto, irrenunciable. Un político que miente erosiona la base misma del derecho y de la confianza pública. Paz, lejos de acercarse a esa perfección moral que Kant describe, parece caminar en la dirección contraria: la del pragmatismo engañoso, donde lo que importa no es la verdad, sino la conveniencia momentánea del discurso.

Como si la situación no fuese ya lo suficientemente preocupante, el compañero de fórmula, Edman Lara, ha decidido sumar una declaración más a sus constantes desatinos verbales. Sus aseveraciones sobre la educación revelan una visión alarmante de lo que debería significar el servicio público.

Lara afirmó, sin reparo, que prefiere a personas sin educación para ejercer cargos públicos, bajo el argumento de que serían menos corruptas; una afirmación que, más allá de ser insostenible, muestra un desprecio profundo por el valor de la formación académica. Esta postura no sólo es errada, sino también peligrosa. Si bien la educación no garantiza por sí sola, la integridad moral, sí constituye la base necesaria para el pensamiento crítico, la deliberación política y la construcción de un Estado sólido.

Un país que pone en duda el valor de la educación abre la puerta al retroceso. Después de décadas de lucha por la alfabetización, por el acceso a la educación superior y por la formación técnica, resulta inadmisible que un candidato a la vicepresidencia glorifique la ignorancia como si se tratase de una virtud.

Hannah Arendt, una de las filósofas políticas más influyentes del siglo XX, advertía que la política es, ante todo, un ejercicio de deliberación racional y la deliberación requiere de educación, de pensamiento crítico y de conocimiento.

Las palabras de Lara parecen condenar al país a repetir viejos errores: colocar en posiciones de poder a quienes carecen de formación, creyendo que la ignorancia puede ser sinónimo de honestidad. Un error que Bolivia ya ha pagado demasiado caro en el pasado reciente; la combinación de un candidato que miente y otro que desprecia la educación resulta, sin duda, desalentadora. ¿Es esto lo que merece el país? ¿Una versión reciclada de lo peor que ya hemos vivido con el populismo y el caudillismo?

La política boliviana no puede seguir alimentándose de falsedades ni de simplificaciones burdas. La mentira, como arma electoral y la ignorancia, como supuesto mérito debilitan la democracia y empobrecen el debate público; el electorado merece propuestas serias, no farsas diplomáticas ni frases improvisadas que degradan la importancia del conocimiento. Bolivia necesita líderes que comprendan la magnitud de los desafíos y que no teman apoyarse en la educación como motor de transformación.

En conclusión, lo sucedido con Paz y Lara debe ser un llamado de atención. La política no puede reducirse a improvisación ni al engaño. Bolivia necesita líderes formados, honestos y conscientes de que la educación y la verdad no son opcionales, sino los pilares esenciales de cualquier democracia.

Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario 


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