LA TRASCENDENCIA Y LA ESTÉTICA EN EL PESEBRE DE BELÉN
Ratzinger subraya la historicidad del evento, rechazando interpretaciones meramente simbólicas. En su trilogía "Jesús de Nazaret", detalla cómo los evangelios relatan un nacimiento real en Belén, bajo el emperador César Augusto, marcando el inicio de la era cristiana. Este anclaje histórico evita que la fe sea un mito abstracto, invitando a la contemplación de un Dios que entra en el tiempo del hombre.
La humildad divina es central en el pensamiento de Ratzinger. Dios no irrumpe con poder, sino en la fragilidad de un recién nacido, dependiente de María y José. Esta "kenosis" —vaciamiento— revela que el amor verdadero conquista no por fuerza, sino por entrega total.
Scruton, desde su filosofía conservadora, percibe en el Niño Jesús una belleza desinteresada, a un estilo puramente kantiano. La mirada al pesebre genera "alegría" —no placer egoísta—, sino éxtasis contemplativo que olvida el yo y abraza lo sagrado. Para él, esta belleza natural sacralizada transforma la percepción del mundo. En el pesebre, Ratzinger, ve la unión de eternidad y temporalidad, los pastores y los magos representan a toda la humanidad llamada a adorar al Verbo Encarnado, luz que disipa las tinieblas del pecado, la estrella guía no solo a los sabios, sino a nuestra razón hacia la verdad revelada.
Roger Scruton, por su parte, critica la modernidad por su "culto a la fealdad", donde el arte y la cultura degradan lo humano. La natividad contrarresta esto: un niño puro, en un establo rústico, eleva lo ordinario a lo divino, restaurando el sentido de lo sagrado. Ambos pensadores coinciden en la centralidad de María. Ratzinger la presenta como la "sierva del Señor", cuyo "sí" permite la encarnación, como modelo de obediencia filial. Su virginidad enfatiza la iniciativa divina, no humana. Scruton, aunque no teólogo, aprecia la maternidad de María como arquetipo de belleza femenina y sacrificial. En su obra sobre el alma del mundo, la figura materna en el pesebre evoca la armonía entre creación y creador.
Para el filósofo inglés, el silencio del pesebre invita a la contemplación estética. El pesebre no es un espectáculo ruidoso, sino un icono que despierta reverencia, opuesto al stress navideño comercial. Benedicto XVI, conecta la natividad con la liturgia: la Navidad anticipa la Pascua, donde el Niño del pesebre se revela como el Resucitado. La Eucaristía actualiza este misterio, día tras día, haciendo presente al Emmanuel (Dios con nosotros). Scruton ve en las tradiciones navideñas —cánticos y pesebres— un depósito cultural que preserva la belleza cristiana contra el nihilismo secular, perderlas sería perder el alma y el “ser” de Occidente.
En un mundo de desigualdades, el pesebre de Ratzinger denuncia la idolatría del progreso y la modernidad. Dios nace pobre para dignificar a los marginados, llamando a la Iglesia a ser solidaria. Scruton añade que esta belleza del pesebre fomenta comunidad: familias reunidas en torno al Niño, resistiendo el individualismo atomizado de la posmodernidad.
La adoración de los ángeles proclama "paz en la tierra", pero Ratzinger aclara: no paz utópica, sino el Shalom divino que comienza en los corazones reconciliados con Dios. Scruton interpreta esta paz como armonía estética: el pesebre ordena el caos humano mediante su perfección simétrica, belleza que pacifica el alma inquieta. Juntos, Ratzinger y Scruton iluminan la Navidad como teofanía estética (manifestación de Dios a través de la belleza y el arte) y teológica (estudio de Dios). El primero enfatiza la verdad revelada, el segundo su encarnación bella en la cultura.
Ya en el epílogo de este 2025, lleno de contradicciones y embustes globales, urge que como humanidad acojamos al Niño Jesús con la humildad que pedía Ratzinger y con la contemplación que solicitaba Scruton, para que la luz del Dios niño venza la oscuridad que impera en nuestro tiempo y que su belleza restaure nuestro mundo.
¡Que así sea!
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador
Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario.


