LA PERCEPCIÓN DE LA POBREZA
Durante dos décadas de administración socialista, el país fue conducido a una situación límite en la que el despilfarro de recursos públicos y la corrupción sistemática terminaron por vaciar las arcas del Estado y erosionar la confianza ciudadana en cualquier proyecto político que se presente como redentor.
El colapso económico actual no es una abstracción ni un fenómeno espontáneo, responde a decisiones políticas concretas concentradas en un liderazgo específico, acompañado por una red de complicidades que prefirió guardar silencio mientras el saqueo se convertía en norma. La responsabilidad histórica no recae únicamente en Evo Morales o Luis Arce, también alcanza a los funcionarios públicos que hicieron de la indiferencia una forma de participación activa; mirar a otro lado fue permitir que el daño se profundice.
La exigencia de justicia surge, entonces, como un imperativo ético y no sólo como una consigna política, pues sin rendición de cuentas cualquier intento de reconstrucción carece de legitimidad ante el pueblo. Frente a este escenario, el gobierno de Rodrigo Paz heredó una economía desordenada y un Estado debilitado, lo que lo obligó a implementar medidas paliativas destinadas a contener un colapso mayor y evitar que la crisis derive en una catástrofe irreversible.
Estas medidas, aunque necesarias, presentaron errores de forma y de comunicación; tales falencias influyeron directamente en la percepción ciudadana sobre su impacto en la economía familiar y en la estabilidad cotidiana. La sociedad boliviana se mueve en gran medida desde la emoción y la memoria colectiva, por lo que la percepción de la realidad económica no siempre coincide con los datos objetivos ni con los efectos estructurales de las políticas públicas.
Esta distancia entre percepción y realidad se explica, en parte, por la escasa información que logra procesar la población debido a una vida laboral marcada por la informalidad y la urgencia de subsistir día tras día. Mientras más horas se dedican a trabajar para sobrevivir, menos tiempo queda para informarse, analizar y contrastar; en ese vacío, las redes sociales ocupan el lugar que deberían tener las fuentes confiables. A ello se suma una deficiente formación académica que limita las herramientas de pensamiento crítico, haciendo que plataformas como TikTok y las noticias falsas se conviertan en verdades incuestionables.
La poca importancia otorgada a la lectura y al análisis reflexivo consolida un escenario en el que la percepción emocional se impone sobre la realidad objetiva; el resultado es una ciudadanía vulnerable a la manipulación. Esta fragilidad se vuelve más grave cuando se trata de comprender qué es realmente la pobreza, especialmente en sectores sociales vulnerables que carecen de una formación escolar sólida y de referentes conceptuales claros.
La mala comprensión del concepto de pobreza es aprovechada por los populismos, que manipulan la identidad colectiva para impulsar políticas que prometen alivio inmediato pero generan empobrecimiento estructural. Al no percibir la pobreza real que afecta su economía, muchos sectores terminan apoyando medidas que refuerzan la dependencia del Estado y anulan las posibilidades de desarrollo sostenible. La identidad de masa promovida por los populismos actúa como un velo que impide evaluar las consecuencias reales de las decisiones económicas; la lealtad emocional sustituye al juicio racional.
Ante este panorama resulta indispensable que el gobierno explique con claridad y precisión las medidas económicas adoptadas, evitando ambigüedades, silencios y mensajes contradictorios. La falta de una comunicación efectiva sobre el alcance del decreto supremo 5503 ha generado percepciones de empobrecimiento que pueden ser fácilmente instrumentalizadas por grupos políticos totalitarios ligados a Evo Morales y al socialismo, para provocar inestabilidad y caos.
Esta situación se agrava cuando el propio vicepresidente se convierte en su principal opositor, debilitando la cohesión interna del poder ejecutivo y profundizando la incertidumbre. Por todo ello, es imprescindible que el gobierno de Paz Pereira reevalúe urgentemente sus políticas de comunicación; una mala percepción, mal gestionada, puede ser tan peligrosa como una mala decisión económica y llegar incluso a hacer tambalear gobiernos enteros.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador
Artículo publicado originalmete en el matutino El Diario.


