LA PENALIZACIÓN DE LA VERDAD
La llamada “deconstrucción social” ha contribuido a este escenario al promover un cuestionamiento sistemático de categorías consideradas tradicionales o estables. Si bien este proceso ha permitido visibilizar problemáticas históricas y estructuras de poder invisibilizadas, también ha generado un efecto colateral: la sospecha permanente sobre cualquier afirmación que aspire a universalidad. Así, la verdad ya no se percibe como algo que se descubre, sino como algo que se construye.
En este marco, la relativización de las normas de conducta social ha provocado una cultura en la que el criterio último de legitimidad es la experiencia individual. Lo que antes era objeto de debate racional hoy se convierte en asunto de preferencia personal. La consecuencia es una sociedad donde la discrepancia no se resuelve mediante argumentos, sino mediante la coexistencia de percepciones inconmensurables.
Este desplazamiento del eje epistemológico ha sido interpretado críticamente por diversos pensadores, entre ellos, el Cardenal Joseph Ratzinger advirtió tempranamente sobre lo que denominó la “dictadura del relativismo”, una situación cultural en la que la negación de la verdad objetiva no produce libertad, sino nuevas formas de imposición ideológica. Paradójicamente, cuando todo es relativo, también lo es la dignidad humana.
La cultura del placer inmediato aparece como uno de los motores de esta transformación. En una sociedad orientada al consumo, la búsqueda de satisfacción instantánea tiende a reemplazar la búsqueda de sentido. Lo verdadero se evalúa por su capacidad de generar bienestar emocional momentáneo y no por su correspondencia con la realidad. De esta manera, la verdad deja de ser criterio y se convierte en obstáculo. La sexualidad, la identidad y la personalidad se inscriben en este mismo proceso. La ampliación de espacios de expresión y reconocimiento ha sido, sin duda, un avance en términos de inclusión. No obstante, cuando toda autopercepción se valida sin posibilidad de evaluación crítica, se diluye la frontera entre reconocimiento legítimo y negación de la realidad. El riesgo no es la diversidad, sino la imposibilidad de dialogar sobre ella.
La relativización de la verdad conduce, además, a una transformación antropológica. La persona deja de concebirse como un ser orientado a la verdad y al bien para ser interpretada como un sujeto de deseos. En este paradigma, la identidad se define por lo que se siente y no por lo que se es. El resultado es una subjetividad frágil, permanentemente dependiente de validación externa.
El filósofo británico, Roger Scruton, describió este fenómeno como una enfermedad cultural que erosiona los fundamentos de la civilización occidental. Para Scruton, la estética, la ética y la cultura requieren de criterios objetivos que permitan distinguir lo valioso de lo trivial. Sin tales criterios, la cultura se reduce a mera producción de estímulos. La verdad, en este contexto, comienza a percibirse como amenaza. Afirmar que existen realidades independientes de la percepción individual implica introducir límites, responsabilidades y obligaciones. La verdad interpela, cuestiona y exige coherencia. Por ello, en una cultura orientada al confort emocional, la verdad resulta incómoda.
La proliferación de “verdades a la carta” ofrece una alternativa aparentemente más amable. Cada individuo puede construir su propio relato sin confrontarlo con la realidad ni con los demás. Sin embargo, esta multiplicación de relatos no genera pluralismo auténtico, sino aislamiento cognitivo. Se convive, pero no se comparte un mundo común. La dimensión política de este fenómeno tampoco puede ignorarse. Una sociedad que renuncia a la verdad objetiva se vuelve vulnerable a la manipulación. Si no existen hechos verificables ni criterios racionales compartidos, la opinión pública puede moldearse mediante narrativas emocionales. La posverdad no es sólo un problema epistemológico, sino democrático.
En este sentido, la penalización cultural de la verdad representa un síntoma de inseguridad colectiva. Cuando la verdad se percibe como agresión, es porque se ha debilitado la confianza en la capacidad humana de confrontar ideas sin destruir personas.
Finalmente, la pregunta que emerge no es si la verdad debe imponerse, sino si una sociedad puede subsistir sin ella. La respuesta parece evidente: sin verdad no hay conocimiento, sin conocimiento no hay libertad y sin libertad no hay dignidad. En tiempos de relativismo expansivo, defender la verdad no es un acto de intolerancia, sino un gesto de responsabilidad cultural.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador
Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario


