ENTRE LA RIQUEZA ECONÓMICA Y LA MISERIA MORAL


La ciudad de El Alto se ha convertido, con el paso de los años, en un símbolo de pujanza económica y emprendimiento popular. Nacida en condiciones adversas, levantada sobre tierra árida y clima implacable; sus habitantes construyeron con esfuerzo una urbe vibrante que hoy destaca por sus edificaciones coloridas y su intensa actividad comercial. Allí, la economía de mercado no es una teoría académica, sino una práctica cotidiana que demuestra que la riqueza puede forjarse a golpe de sacrificio.

Es innegable que el espíritu trabajador alteño ha desafiado las limitaciones estructurales del Estado. En sus ferias, en sus microempresas y en su comercio dinámico, se percibe una cultura de autosuficiencia que rehúye la dependencia. El Alto es, en muchos sentidos, la expresión concreta de la economía popular organizada desde abajo.

Sin embargo, esa narrativa de éxito no puede ocultar las profundas contradicciones que atraviesa la ciudad. La prosperidad visible convive con cinturones de pobreza persistente, con carencias en servicios básicos y con una desigualdad que se disfraza tras fachadas vistosas. El progreso material no ha logrado cerrar todas las brechas.

Las promesas electorales, —repetidas en cada campaña—, suelen evaporarse con la misma rapidez con la que se disuelven los discursos tras las elecciones. La frustración acumulada se convierte en terreno fértil para la desconfianza y el resentimiento. Cuando el Estado aparece sólo como promesa y no como presencia efectiva, el vacío lo ocupan la sospecha y la polarización; a ello, se suma una población altamente politizada, donde el discurso identitario ha calado hondo. La idea de que “todo el país está en contra” y de que sólo un sector encarna al verdadero “pueblo” alimenta divisiones peligrosas.

La escasa inversión en educación agrava este panorama, ya que sin pensamiento crítico, sin formación ética sólida y sin herramientas para analizar la complejidad política, amplios sectores quedan expuestos a la manipulación. La educación no es únicamente transmisión de contenidos; es formación de ciudadanos capaces de discernir.

Cuando se combinan precariedad, frustración y discursos incendiarios, el resultado puede ser explosivo. No todos caen en esa lógica, por supuesto, pero basta un número significativo para generar episodios lamentables que marcan a toda una comunidad. El trágico accidente del avión de la TAB (Transportes Aéreos Bolivianos) que transportaba el recambio de billetes por un valor de 18 millones de bolivianos evidenció esa fragilidad moral. En cuestión de minutos, la tragedia humana fue desplazada por la ambición descontrolada.

Lo que debió ser un momento de solidaridad ante la muerte y el dolor se transformó en una escena de saqueo: ambulancias, efectivos policiales e incluso los cuerpos de los fallecidos fueron ignorados por quienes vieron en el caos una oportunidad. La pobreza material mutó en pobreza moral. No se trata de estigmatizar a toda una ciudad, sino de reconocer que existen dinámicas colectivas que pueden arrastrar a muchos hacia comportamientos indignos; las multitudes, sin guía ética, pueden desdibujar la responsabilidad individual.

La indolencia no surge de la nada, es el resultado de años de discursos que reducen la política a simple confrontación, que convierten al adversario en enemigo y que legitiman la idea de que el fin justifica los medios. Cuando la moral se subordina al cálculo político, la sociedad paga el precio. Bolivia, en su conjunto, refleja estas tensiones; el racismo y la discriminación persisten —de ambos lados— como heridas abiertas que no terminan de cicatrizar.

Sin referentes sólidos, la ciudadanía navega entre la decepción y el enojo. La falta de autocrítica en la clase política alimenta la percepción de que el poder es un fin en sí mismo y no un servicio a la nación. El resultado es una sociedad que parece avanzar en lo económico mientras retrocede en lo ético. Se construyen edificios más altos, pero no necesariamente ciudadanos más virtuosos; se acumula capital, pero no siempre se cultiva carácter.

Ser un verdadero país implica algo más que crecimiento económico. Requiere cohesión social, respeto por la ley, empatía ante el dolor ajeno y una educación que forme conciencia. Sin esos pilares, cualquier prosperidad es frágil. No estamos condenados al fracaso, pero sí estamos advertidos, cada crisis revela nuestras carencias y nos ofrece la oportunidad de corregir el rumbo. La tragedia no debe convertirse en espectáculo ni en botín, sino en ocasión de reflexión.

Bolivia aún está en construcción. El desafío es que la riqueza económica no siga divorciada de la riqueza moral, sólo cuando ambas caminen juntas podremos dejar de ser una sociedad a la deriva y convertirnos en una nación con rumbo y propósito compartido.



Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmete en el matutino El Diario 


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