ELECCIONES SUBNACIONALES O CIRCO ELECTORAL
El problema no radica únicamente en la diversidad de perfiles que se presentan como candidatos, sino en la preocupante ausencia de criterios mínimos de formación, ética y capacidad argumentativa. La irrupción de figuras provenientes del entretenimiento digital o de espacios ajenos a la gestión pública no sería, en sí misma, objetable, si no fuera porque en muchos casos dicha incursión carece de sustento intelectual y programático.
Se configura así un fenómeno en el cual la política es reducida a una extensión del espectáculo, donde el número de seguidores en redes sociales parece pesar más que la coherencia ideológica o la solvencia técnica. Este desplazamiento de prioridades revela una profunda crisis de la cultura política, en la que el ciudadano es interpelado más como consumidor de contenido que como sujeto deliberante.
La pobreza argumentativa de muchos candidatos resulta alarmante, no sólo por su incapacidad para articular propuestas consistentes, sino también por la evidencia de una formación deficiente en aspectos básicos del discurso público; la dificultad para construir razonamientos coherentes refleja una carencia estructural que va más allá de lo individual y apunta hacia una crisis educativa alarmante.
Desde una perspectiva filosófica, este escenario adquiere matices aún más preocupantes. Pensadores como Aristóteles concebían la política como una actividad orientada al bien común, que requería de ciudadanos virtuosos y gobernantes formados en la ética.; bajo este prisma, la actual oferta electoral evidenciaría una ruptura radical con los principios clásicos de la vida pública. La noción aristotélica de virtud política implicaba conocimiento y carácter; el gobernante debía ser capaz de deliberar correctamente sobre lo justo y lo conveniente para la polis, sin embargo, en el panorama actual, esta exigencia parece haber sido sustituida por la lógica de la inmediatez, la improvisación y la ignorancia.
A ello se suma la crítica moderna de Immanuel Kant, quien sostenía que la política debía estar subordinada a la moral, actuando siempre conforme al deber. En contraste, muchos de los candidatos a las elecciones subnacionales parecen guiarse por criterios de conveniencia personal, instrumentalizando el poder como medio de subsistencia más que como servicio público; la ausencia de una ética del deber en la práctica política tiene consecuencias directas sobre la calidad de la gestión pública. Un funcionario sin formación ni principios difícilmente podrá responder a las complejidades de la administración estatal, lo que inevitablemente deriva en ineficiencia, corrupción o ambas.
La crisis actual también pone en evidencia la falta de renovación real en el liderazgo político. La presencia de figuras recicladas que transitan de un cargo a otro sin aportar transformaciones sustantivas, refleja un sistema cerrado que limita la emergencia de nuevos liderazgos con propuestas innovadoras; esta situación genera un círculo vicioso en el que la mediocridad se reproduce y se legitima. Por otra parte, la responsabilidad no recae exclusivamente en los candidatos; la ciudadanía, como sujeto político, también enfrenta el desafío de ejercer un voto informado y crítico, sin embargo, este ideal se ve obstaculizado por la escasez de opciones que realmente representen una alternativa viable; de esta manera, el desencanto electoral se convierte en un síntoma de una crisis más profunda, en la que la confianza en las instituciones se erosiona progresivamente. Cuando el proceso democrático pierde credibilidad, se abre la puerta a escenarios de inestabilidad y conflictividad social.
El uso excesivo de estrategias populistas y discursos simplistas agrava aún más la situación, en lugar de promover un debate serio sobre políticas públicas, se recurre a slogans vacíos que apelan a emociones inmediatas, debilitando la racionalidad del proceso democrático. Asimismo, la influencia de las redes sociales ha transformado radicalmente la dinámica electoral; la viralidad se impone sobre la veracidad, y la imagen sobre el contenido.
Frente a este panorama, resulta imperativo replantear los criterios de selección de candidatos y fortalecer los mecanismos de formación política. La democracia no puede sostenerse únicamente sobre la base del sufragio, requiere también de una ciudadanía educada y de líderes capacitados.
La recuperación de la ética en la política no es una tarea sencilla, pero constituye una condición indispensable para la consolidación de un sistema democrático auténtico; sin principios claros, la política se vacía de sentido y se convierte en un mero instrumento de poder. En última instancia, la disyuntiva entre las elecciones subnacionales y el circo electoral no debería existir en una sociedad que aspire a la madurez democrática, sin embargo, mientras persistan las condiciones actuales, el riesgo de que el proceso electoral continúe degradándose seguirá siendo una realidad ineludible.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador


