ENTRE ENCUESTAS Y ENGAÑOS
En Bolivia, lamentablemente, hemos visto cómo las encuestas se han convertido en instrumentos de manipulación, en lugar de ser un medio para informar. La máxima popular “el que pone la plata, pone la música” cobra vigencia, pues pareciera que, en muchos casos, los resultados publicados responden más a intereses económicos y políticos que a la realidad del electorado. Esto ha generado desconfianza y ha debilitado la credibilidad de estos estudios.
El problema no radica en la herramienta, sino en el uso que se hace de ella. Cuando las encuestas son elaboradas sin ética ni rigor metodológico, se transforman en mecanismos de engaño masivo; se manipulan números, se alteran tendencias y se construye una percepción artificial que busca favorecer a determinados candidatos o partidos políticos, ya que, en lugar de informar, terminan desorientando a la ciudadanía.
Por esta razón, resulta urgente normar de forma estricta la elaboración y difusión de encuestas en el país. Es fundamental que el Órgano Electoral Plurinacional establezca reglas claras que garanticen la transparencia y eviten que las encuestas se utilicen como armas proselitistas. No podemos seguir permitiendo que estas se confundan con los resultados reales de una votación.
La complicidad de ciertos analistas y expertos políticos en esta problemática es también preocupante pues, muchas veces, desde una supuesta neutralidad académica, respaldan encuestas amañadas y contribuyen a darles un carácter de legitimidad. Pero cuando llegan las elecciones, los resultados reales desmienten de manera rotunda los “pronósticos científicos” que defendieron con tanto entusiasmo.
Bolivia necesita debates reales, propuestas serias y espacios de confrontación de ideas, no una avalancha de cifras maquilladas que buscan inclinar la balanza política. Los medios de comunicación deberían priorizar el fortalecimiento de la democracia a través de la difusión de información veraz y equilibrada, en lugar de ceder a la tentación de generar “rating” a costa de confundir a la población. En este contexto, es importante reflexionar sobre el papel ético de los medios; cuando una cadena televisiva difunde encuestas sesgadas, está tomando partido, aunque lo niegue, deja de ser un medio de información para convertirse en un actor político.
La filósofa política Hannah Arendt advertía que la violencia, ya sea física o simbólica, es incompatible con la verdadera política, pues suprime la pluralidad y limita la libertad de acción. En ese sentido, las encuestas amañadas constituyen una forma de “violencia simbólica”, ya que distorsionan la realidad y condicionan la voluntad del ciudadano. Este tipo de manipulación no sólo engaña, sino que priva a la sociedad de elegir de manera libre e informada.
Las últimas elecciones en Bolivia son una prueba clara de cómo las encuestas pueden ser utilizadas como instrumentos de control, pues la diferencia entre los pronósticos publicados y los resultados finales reveló que, en muchos casos, los sondeos no respondían a la realidad, sino a intereses particulares. Esto no es sólo una falta de ética, sino una afrenta directa contra la democracia.
El impacto de estas prácticas es profundo: generan desconfianza, polarizan aún más a la sociedad y debilitan la legitimidad de las instituciones. Cuando la ciudadanía percibe que los datos son manipulados, aumenta el desencanto y el escepticismo hacia el sistema político, lo que abre la puerta a la apatía y la desinformación. El próximo balotaje será una prueba para todos: partidos, medios, encuestadoras y votantes. Si se repiten las mismas prácticas manipulativas, la crisis de credibilidad seguirá profundizándose. Los actores políticos deben entender que la ciudadanía ya no tolera engaños disfrazados de información. Asimismo, las autoridades electorales tienen la obligación de ejercer un control más riguroso sobre las empresas encuestadoras; no basta con exigir registros formales, se requiere supervisar sus metodologías, verificar sus bases de datos y garantizar que sus resultados sean representativos y transparentes.
El reto, en definitiva, es devolverle a la ciudadanía la confianza en la información que recibe. Las encuestas, bien utilizadas, pueden ser un instrumento que fomente la reflexión y el análisis colectivo, pero cuando son manipuladas, se convierten en una forma de dominación. Bolivia necesita recuperar el valor de la verdad. Únicamente con información honesta y debates transparentes podremos construir un sistema democrático sólido, donde la voluntad ciudadana sea respetada y las decisiones políticas reflejen el sentir del pueblo.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y educador


