EL DEBATE VICEPRESIDENCIAL, ENTRE EL MARKETING POLÍTICO Y LA CARENCIA DE IDEAS
En todo caso, lo que pudo haber sido una jornada enriquecedora para el electorado, terminó convirtiéndose en un desfile de improvisación y carencias, tanto en contenido como en presentación. Un síntoma de la crisis estructural de liderazgo político que atraviesa Bolivia.
El marketing político enseña que todo comunica. No sólo lo que se dice, sino también cómo se lo dice y cómo se lo muestra y, en ese sentido, la puesta en escena de los candidatos dejó mucho que desear. José Luis Lupo, con un atuendo casi calcado al de su binomio Samuel Doria Medina, pareció más un acompañante que un actor político con personalidad propia. La falta de originalidad en la presentación personal de los candidatos fue evidente. Juan Pablo Velasco y Juan Carlos Medrano repitieron el uniforme de camisa blanca y jeans, sin el mínimo esfuerzo por diferenciarse ni por proyectar la formalidad que exige una vicepresidencia. La política también es forma, y aquí simplemente no la hubo.
Mariana Prado, por su parte, apeló a un look que imitaba a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, pero le añadió el innecesario toque kitsch de una camisa con bolsillo de gatito. Más allá de la estética, lo preocupante es el mensaje: banalización del rol político, frivolización del fondo en favor de la forma mal entendida.
En cuanto al contenido, las propuestas brillaron por su ausencia. El formato del debate, -breve y apretado-, no ayudó; pero los candidatos tampoco supieron optimizarlo, se limitaron a consignas vacías y frases hechas, como si se tratara de una exposición de colegio y no de un ejercicio serio de debate democrático.
José Luis Lupo adoptó un tono sobrado y condescendiente, que lejos de mostrar preparación, transmitió arrogancia. Sus preguntas rebuscadas no impresionaron a nadie, más bien generaron rechazo. En política, la simpatía es más poderosa que la erudición, y, él no generó ninguna.
Mariana Prado ofreció una actuación propia del manual del socialismo populista: soberbia, evasiva, agresiva cuando se le señalaban errores. Pareciera que vive en el multiverso socialista donde todo está bien y los únicos malos son los críticos. Esa falta de autocrítica no es liderazgo, es cinismo y poca vergüenza.
Juan Carlos Medrano comenzó con buen pie. Firme, claro, bien articulado; no obstante se dejó llevar por la emoción, cruzando la línea entre la ironía y el irrespeto. En política, controlar las emociones es tan importante como exponer ideas. Medrano tiene potencial, pero necesita madurar, su perfil, joven y con presencia mediática, lo perfila como una promesa para Santa Cruz y el país, pero para llegar lejos deberá aprender a navegar entre la pasión y la estrategia, entre el impulso y la templanza.
Juan Pablo Velasco, sin dudas el candidato más subestimado, fue quien mejor capitalizó las expectativas. Si bien su discurso parecía memorizado y evidenció falencias en dicción y conocimiento político, su actitud fue valiente. No se amilanó, no retrocedió y logró algunos golpes certeros.
La empatía que generó Velasco no viene de su brillantez, sino de su humanidad. No se disfrazó de lo que no es y aunque aún está muy lejos de ser un político serio, su autenticidad puede ser su mayor activo si sabe trabajarla adecuadamente. Su principal desafío es formarse en historia, filosofía política, oratoria, etc. Un vicepresidente no puede improvisar la teoría del Estado. Pero ese camino empieza con voluntad y Velasco, al menos, la mostró. Es evidente que el equipo de asesores de la Alianza Libre debe replantear su estrategia. Su asesor político, Luis Vasquez Villamor, con tantos años en política, de seguro tiene muchas más armas para enseñar a sus candidatos, no olvidemos que el diablo sabe más por viejo que por diablo.
En general, el debate vicepresidencial dejó un sabor a poco; fue una muestra de que en Bolivia aún no hemos entendido la profundidad del rol vicepresidencial. No es un puesto decorativo, es la antesala al poder y debe ser ocupado por personas con visión, preparación y carácter.
En conclusión, fue una oportunidad desaprovechada, pero también una alerta. Bolivia necesita reformas estructurales y no simplemente consignas coyunturales. Aún nos falta mucho por recorrer.
Marcelo Miranda Loayza
Teólogo, escritor y
educador


