EL CAOS Y EL PODER, UNA MIRADA CRÍTICA A LA POLÍTICA EN BOLIVIA


La política boliviana atraviesa un escenario complejo, donde el poder ya no se ejerce únicamente a través de las leyes y normas establecidas, sino también desde la manipulación, el caos y el desorden. Quien ignore esta realidad, corre el riesgo de caer en una ingenuidad peligrosa. En el contexto actual, asumir que Evo Morales y el Movimiento al Socialismo han perdido definitivamente la batalla política sería desconocer la naturaleza dinámica del poder y las estrategias utilizadas para conservarlo.

El caos, lejos de ser un elemento indeseable para ciertos actores políticos, se convierte en una herramienta estratégica. En lugar de buscar estabilidad institucional, algunos sectores encuentran en el desorden una oportunidad para construir narrativas, reorganizar fuerzas y presentarse como víctimas de un sistema “represivo”, de está manera la agitación social se convierte en un recurso calculado para ganar terreno político.

La izquierda, históricamente, ha sabido manipular las tensiones sociales como un mecanismo de presión. En América Latina y, particularmente en Bolivia, los episodios de revuelo, confrontación y violencia han sido aprovechados para fortalecer proyectos políticos de corte populista. El costo humano, lamentablemente, se percibe como un elemento secundario frente al rédito político que se obtiene al controlar el relato de los acontecimientos.

En esta dinámica, la manipulación del lenguaje y del discurso juega un rol fundamental. El MAS, al igual que otros movimientos inspirados en el socialismo del siglo XXI, utiliza un sistema comunicacional que busca reconfigurar la percepción de la realidad; palabras como “democracia”, “pueblo” o “liberación” son resignificadas para consolidar una narrativa que legitime sus acciones, aun cuando estas contradigan los principios que dicen defender.

Sin embargo, la eficacia de esta estrategia depende, en gran medida, de la condición de la masa electoral. Una sociedad con escasas bases reflexivas es más vulnerable a la manipulación ideológica. Cuando el pensamiento crítico se reemplaza por consignas y lealtades identitarias, la democracia se debilita, dejando el terreno fértil para el autoritarismo. El filósofo español, José Ortega y Gasset, en su análisis sobre “el hombre-masa”, describía con precisión este fenómeno. Se trata de un individuo que rechaza la deliberación, desconfía de la argumentación y se ampara en su “verdad” personal, creyendo que no necesita justificar sus posiciones. Este hombre-masa, incapaz de dialogar, encuentra en la violencia y la imposición un medio legítimo para resolver conflictos. En Bolivia, la persistencia de esta mentalidad dificulta la construcción de un consenso nacional. Cuando amplios sectores de la población se identifican con líderes antes que con ideas, la política se degrada a un simple enfrentamiento de bandos. La racionalidad cede paso a la emotividad y el debate público se reduce a consignas vacías que polarizan aún más a la sociedad.

El poder que nace del caos es, por naturaleza, inestable; sin embargo, quienes lo controlan saben capitalizarlo para presentarse como salvadores de la crisis que ellos mismos alimentan. De esta manera, el desorden social no es un accidente, sino una estrategia deliberada para consolidar liderazgos autoritarios bajo el pretexto de “representar la voz del pueblo”.

La justicia, en este contexto, juega un papel determinante, pero su falta de independencia ha contribuido a profundizar la crisis. Cuando los responsables de generar caos quedan impunes, se envía un mensaje peligroso: desestabilizar al país no solo es posible, sino que puede ser políticamente rentable. Esta impunidad alimenta un ciclo vicioso. Los actores que se benefician del desorden encuentran incentivos para repetir sus estrategias, mientras que los ciudadanos perciben que las normas no se aplican de manera equitativa. En consecuencia, se erosiona la credibilidad de las instituciones y se incrementa el sentimiento de desconfianza generalizada.

La tarea no recae únicamente en las autoridades, sino también en la sociedad civil, los medios de comunicación y el sistema educativo. Cada actor tiene la responsabilidad de contribuir a una ciudadanía más crítica y menos susceptible a los discursos populistas que utilizan el caos como escalera hacia el poder. Bolivia necesita líderes que propongan proyectos de país sólidos, alejados del oportunismo político y de las estrategias basadas en la confrontación. Sin una visión de futuro compartida, el país corre el riesgo de permanecer atrapado en un ciclo interminable de crisis que favorece a quienes saben explotar el caos.

En última instancia, es urgente que el caos deje de ser percibido como un camino legítimo hacia el poder. Sólo cuando las instituciones sean lo suficientemente fuertes para sancionar la desestabilización y garantizar el Estado de derecho, Bolivia podrá avanzar hacia una democracia más madura y estable. 


Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el Matutino El Diario 

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