DEMOCRACIA REPRESENTATIVA O DICTADURA DE IDIOTAS


La democracia, en su concepción más clásica, fue definida por Aristóteles como el gobierno de los ciudadanos libres, donde todos tienen igual derecho a gobernar y ser gobernados. Sin embargo, el filósofo griego también advirtió que esta forma de gobierno podía degenerar en una demagogia, es decir, en una manipulación emocional de las masas por parte de líderes inescrupulosos.

Partiendo de esta premisa, es evidente que la calidad de la democracia está directamente relacionada con la calidad de los ciudadanos que la componen. Una ciudadanía formada, crítica y bien informada puede utilizar la democracia como una herramienta para el bien común; pero una ciudadanía ignorante, emocional y mal informada se convierte en esclava para los caudillos de turno.

En Bolivia, lamentablemente, nos encontramos cada vez más cerca de este segundo escenario, vivimos bajo una especie de "dictadura de idiotas", una expresión provocadora, sí, pero que retrata con dolorosa precisión lo que ocurre cuando las masas votan no con la razón, sino con el hígado, la emoción o, peor aún, con la ignorancia.

Esta dictadura de idiotas no surge espontáneamente, es el resultado de décadas de negligencia educativa, de un sistema que ha priorizado el adoctrinamiento sobre el pensamiento crítico, que ha cultivado la dependencia emocional hacia caudillos y no el ejercicio autónomo de la ciudadanía. La forma más evidente de esta degradación democrática es el voto “identitario”: personas que votan no en función de propuestas, planes de gobierno o capacidades técnicas, sino por la afinidad étnica, el color de piel, el origen geográfico o incluso la "simpatía" hacia un determinado candidato. Esto convierte el voto en un acto irracional.

Pero el problema se agrava cuando este voto emocional e “identitario” se combina con instituciones débiles, como el actual Órgano Electoral Plurinacional, el cual, en vez de ser un garante de la transparencia y de legalidad, se ha convertido en un campo de pugnas internas, contradicciones públicas y cuestionamientos constantes. La desconfianza hacia el árbitro electoral no sólo mina la credibilidad del proceso, sino que habilita escenarios peligrosos: desde la abstención electoral masiva hasta el desconocimiento de resultados y en ese caos institucional, los verdaderos ganadores no son los ciudadanos, sino los manipuladores del poder. La democracia deja de ser un mecanismo de representación y se convierte en una herramienta de dominación más sutil y peligrosa, porque se disfraza de participación popular, cuando en realidad es un simple simulacro vacío.

En este contexto, la ignorancia no es sólo una carencia, sino un arma de destrucción política. Un pueblo ignorante puede votar con entusiasmo por su verdugo, puede legitimar con sus votos a quienes los explotan, los reprimen o empobrecen. Es por eso que no basta con celebrar elecciones para decir que hay democracia, la calidad del sufragio depende directamente del nivel de conciencia de los votantes y de la transparencia del proceso electoral. Sin estas dos condiciones, el acto democrático se convierte en una farsa.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer? En primer lugar, se necesita una profunda reforma educativa que priorice la formación ciudadana, el pensamiento crítico y la ética cívica. No se puede construir una democracia sólida sobre la base de la ignorancia y la manipulación. En segundo lugar, es urgente fortalecer al Órgano Electoral, no sólo en términos técnicos, sino sobre todo en credibilidad, sus miembros deben ser figuras imparciales, competentes y con trayectoria ética comprobada; la confianza institucional no se impone, se construye. Tercero, la ciudadanía debe asumir un rol mucho más activo, no basta con ir a votar cada cinco años, se necesita ejercer un control social riguroso, fiscalizar a los actores políticos, denunciar irregularidades y defender el voto con convicción. Es aquí donde aparece una luz de esperanza: en los sectores organizados, en los ciudadanos que se niegan a ser parte del rebaño y deciden pensar, cuestionar, actuar, en ellos está el verdadero poder transformador de la democracia.

Bolivia se encuentra en un momento de inflexión único, puesto que las decisiones que tomemos en las próximas semanas definirán el rumbo del país por décadas. No podemos darnos el lujo de delegar esa responsabilidad en una masa manipulada ni en instituciones debilitadas. Tampoco podemos resignarnos a una democracia secuestrada por el clientelismo, el populismo o la corrupción. 

Defender la democracia no es un acto pasivo, es un compromiso activo, pues conlleva formarse, informarse, participar y denunciar; implica no callarse ante un posible fraude ni rendirse ante la desidia institucional, presupone no ser cómplice del idiota ni del corrupto. En definitiva, la democracia representativa sólo será evidente cuando se base en ciudadanos responsables, en instituciones confiables y en procesos transparentes. De lo contrario, seguiremos presos en esta peligrosa farsa: una dictadura de idiotas disfrazada de democracia


Marcelo Miranda Loayza 

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario.

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