BOLIVIA, 200 AÑOS DE UN SUEÑO INQUEBRANTABLE


Bolivia cumple 200 años como república y ein lugar de encontrarnos celebrando una historia de prosperidad y unidad, seguimos sumidos en debates que parecen no tener fin. Somos un país de contrastes, donde la belleza natural convive con una inestabilidad política crónica, donde la esperanza de un pueblo coexiste con la desilusión generada por sus dirigentes.

En estos dos siglos, Bolivia ha demostrado ser un país resiliente, con un pueblo noble que ha sabido resistir guerras, dictaduras, crisis económicas y la permanente amenaza del desmembramiento social. Y, sin embargo, esa misma historia de resistencia parece no traducirse en avances sostenidos o en una identidad compartida.

Nuestra geografía es un regalo del cielo. Desde el altiplano imponente hasta las selvas amazónicas; desde el Salar de Uyuni hasta los valles cochabambinos, Bolivia parece haber sido pintada con la paleta de Dios, no obstante la belleza del paisaje contrasta con lo fútil de muchas de nuestras prácticas políticas.

La plurinacionalidad, presentada en su momento como un avance hacia la inclusión, terminó convertida en un instrumento de división. Lejos de unirnos en nuestra diversidad, sirvió para enaltecer visiones ideológicas y personalistas que distorsionaron el verdadero objetivo: reconocernos en nuestras diferencias como parte de un solo país.

El Bicentenario debería haber sido la oportunidad perfecta para reconciliarnos con nuestra historia, pero también para proyectarnos hacia el futuro. En cambio, seguimos atrapados en las luchas del pasado, incapaces de generar un diálogo nacional auténtico que nos permita avanzar como sociedad.

Hay que decirlo sin eufemismos: el discurso del Estado Plurinacional, más allá de sus intenciones, terminó siendo cooptado por un proyecto de poder. La figura de un solo hombre se impuso sobre la voluntad colectiva, distorsionando las bases republicanas y democráticas sobre las que debería sustentarse cualquier nación moderna. No se trata de negar los avances sociales logrados en ciertos periodos. Se trata de reconocer que, como país, no hemos logrado consolidar un modelo de desarrollo sostenible, ni una institucionalidad fuerte que trascienda los gobiernos y se convierta en columna vertebral de la nación.

A pesar de todo, hay razones para creer en Bolivia. La solidaridad de su gente, su capacidad de organización comunitaria, la riqueza de sus culturas y la fortaleza de sus jóvenes son activos que no debemos subestimar. 

Pero, para hacerlo, debemos dejar de pelearnos por símbolos vacíos y empezar a discutir propuestas reales. Necesitamos una educación que forme ciudadanos críticos, una justicia que no se arrodille ante el poder político y una economía que no dependa exclusivamente del extractivismo. También necesitamos reconocer que la política no puede seguir siendo el refugio de los oportunistas; la corrupción ha carcomido la confianza ciudadana, y mientras no se enfrente con seriedad, cualquier promesa de cambio será solo eso: una promesa.

Nuestro Bicentenario tiene que ser un momento de introspección colectiva. ¿Qué clase de país queremos dejarle a las futuras generaciones? ¿Uno fracturado por el odio y la desconfianza, o uno que se reencuentra con los valores de unidad, justicia y libertad? Bolivia no puede seguir siendo un enigma. Tenemos que convertirnos en un país confiable y coherente. La complejidad cultural no debe ser excusa para la improvisación política; la diversidad debe ser nuestra fortaleza, no nuestra debilidad.

Cada boliviano lleva en sí mismo una parte del país, y si bien hemos perdido muchas cosas —territorios, oportunidades, liderazgos— no hemos perdido la esperanza. Seguimos de pie y seguiremos así. Dos siglos después de nuestra fundación, es tiempo de recuperar el proyecto nacional, de dejar atrás los mesianismos y retomar la senda de un país moderno, justo y plural, ser un país donde se pueda disentir sin ser enemigo y donde el futuro se construya entre todos.

Bolivia es más que su clase política. Bolivia es su gente, sus historias, sueños, emprendimientos y mientras sigamos creyendo en la posibilidad de un mañana mejor, habrá motivos para celebrar, no sólo un Bicentenario, sino una nueva etapa de reconstrucción nacional.

Esperemos que estos 200 años no sean sólo un número en el calendario, que sean el inicio de una nueva conciencia colectiva. Porque Bolivia no merece menos. Bolivia merece despertar.


Marcelo Miranda Loayza

Teólogo, escritor y educador


Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario 

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