AMARGURA EN LOS MERCADOS
Esta realidad no es producto de un evento aislado o de una crisis global imprevista. Es, más bien, la consecuencia directa de decisiones erradas y repetidas a lo largo de más de una década, bajo un modelo económico estatista y populista que ha priorizado el control ideológico por encima del bienestar ciudadano.
En lugar de apostar por la producción, la innovación y la inversión, se ha optado por inflar el aparato estatal, crear empresas públicas que operan con pérdidas millonarias y ahogar al emprendimiento privado con regulaciones, impuestos y amenazas. Se ha convertido al Estado en un empleador masivo y a la burocracia en un obstáculo más que en un servicio.
La escasez de productos y la pérdida del poder adquisitivo son síntomas de una enfermedad más profunda: la desconfianza generalizada en el modelo económico. La moneda nacional se debilita, los precios suben y el ciudadano común paga el precio de una política pública desconectada de la realidad.
Lo peor es que quienes deberían proteger al pueblo lo traicionan con su silencio o complicidad. Organizaciones como la Central Obrera Boliviana, otrora símbolo de lucha social, hoy se ven más preocupadas en mantener privilegios que en defender a sus representados. Los llamados “movimientos sociales”, que en teoría representan la voz de los sectores más vulnerables, han sido copados por el poder. Lejos de alzar la voz ante el sufrimiento popular, lo callan, lo minimizan o lo justifican. La crítica constructiva ha sido sustituida por la obediencia tonta y ciega.
El uso político del aumento salarial ha sido otro error grave. En lugar de fortalecer el poder de compra, se ha impulsado una medida populista que encarece los costos empresariales, desincentiva la formalidad y termina provocando despidos y cierre de fuentes laborales. A ello, se suma la falta de inversión en exploración de gas y petróleo, uno de los pilares de la economía boliviana.
La planificación centralizada ha fracasado. Así lo advirtió el filósofo y economista austriaco Friedrich Hayek en su obra “La fatal arrogancia”: ningún burócrata, por bien intencionado que sea, puede igualar la inteligencia colectiva del mercado. La soberbia estatal termina destruyendo lo que pretende controlar.
Cuando se criminaliza al empresario, se asfixia al productor y se castiga al innovador, el resultado es el empobrecimiento de todos. La riqueza no se distribuye desde un escritorio ministerial, sino que se genera en cada puesto de mercado, en cada taller, en cada aula, en cada campo. El socialismo implementado en Bolivia ha demostrado ser más un instrumento de poder que una solución para los problemas del pueblo. Divide entre “buenos” y “malos”, usa la moral como arma y convierte el aparato estatal en botín para unos cuantos.
La amargura en los mercados es el reflejo de un sistema que ha abandonado a su gente. Ya no se trata sólo de economía, sino de dignidad. El hecho de que miles de bolivianos no puedan acceder a productos básicos es una violación silenciosa de sus derechos fundamentales. La violencia no nace del vacío, nace del hambre, de la frustración, de la impotencia ante un sistema que no escucha. Si no se cambia de rumbo, la tensión social puede escalar a niveles incontrolables, como ya ha ocurrido en el pasado.
No todo está perdido. Todavía queda en los bolivianos la capacidad de resistir, de organizarse, de pensar. Pero urge un cambio profundo: no sólo de gobierno, sino de mentalidad. No se puede seguir votando por consigna ni por interés. Es hora de dejar atrás el discurso que promete soluciones mágicas desde el Estado. La verdadera transformación vendrá de la mano de una ciudadanía informada, crítica y comprometida con la libertad, el trabajo y la honestidad.
Bolivia necesita menos discursos ideológicos y más acciones concretas que devuelvan la esperanza a los mercados, a las familias y a los jóvenes que hoy ven un futuro incierto. Porque mientras persista la amargura en los mercados, no podremos hablar de desarrollo ni de justicia. Sólo cuando el ciudadano vuelva a sonreír al hacer sus compras, sabremos que estamos en el camino correcto.
Artículo publicado originalmente en el matutino El Diario