Martín
Heidegger decía: "“El ser humano habla. Hablamos en la vigilia y en el
sueño. Hablamos sin parar, incluso cuando no pronunciamos ninguna palabra".
Por lo expuesto, el lenguaje es característica exclusiva del hombre. No existe
otra criatura capaz de hilvanar infinidad de palabras para dar sentido a sus ideas, pensamientos y sentimientos. La
evolución y la hermosura del lenguaje fluctúan con el tiempo, a veces llega a
niveles inimaginables de belleza, en otras ocasiones se estanca y esconde detrás de lo políticamente
correcto.
Noam
Chomsky señala que existen dos tipos de lenguaje: uno interno (lenguaje propio)
y otro externo (influencia externa). Yo añadiría la existencia de un lenguaje
impuesto, es decir, un lenguaje pre diseñado el cual no requiere su
racionalización, simplemente su mera
repetición. Entonces, cabe la pregunta: ¿el uso del lenguaje impuesto requiere
de la racionalización de las palabras? Ciertamente,
no. Basta su memorización y posterior repetición. Víctor Klemperer,
filólogo y lingüista, señalaba que elección de determinadas palabras o frases y
su continua repetición se convirtieron en una de las principales técnicas
de manipulación en la época del Tercer Reich de la Alemania Nazi. El
lenguaje impuesto no precisa de retórica, solo requiere de fuerza coactiva y manipulación mediática.
Cuando
las palabras encuentran sentido trascienden, se convierten en procesos de
aprendizaje que desembocan en la libertad del alma y del pensamiento insisto;
solo cuando la palabra es desmenuzada con el adecuado uso de la razón alcanza
su máxima expresión.
La
retórica, cuando se convierte en herramienta del discurso hegemónico, ya no es
un arte, es simple manifestación de una ideología que no busca ni la reflexión
ni la seducción de la audiencia, solo la imposición de una idea a un
determinado grupo social, con todo esto la interpelación y el debate quedan ausentes;
el lenguaje y la retórica quedan atados al absolutismo y la imposición, pues deja de ser mediador de conocimiento y se
convierte en coacción.
El
lenguaje coactivo o coercitivo no genera
reflexión, por el contrario infunde
miedo. De esta manera la belleza de las palabras y de las ideas dan paso a la
memorización banal de preceptos ajenos, los mismos que al ser ajenos a la
persona solo encuentran su finalidad al ser repetidos y defendidos sin una
valoración lógica del mensaje. El lenguaje impuesto se torna abusivo e incluso,
peligroso, pues desplaza el sano juicio por el miedo, y el miedo siempre
desemboca en violencia.
Las
palabras correctamente hilvanadas tienen que seducir al intelecto, no encasillarlo
en la idea fantasiosa y peligrosa del fanatismo, pues ciega la conciencia y la verdad.
Es de esta manera que los conceptos-totalmente válidos-de la inclusión y el
respeto se convierten en instrumentos de adoctrinamiento y discriminación.
El
uso de la razón es imprescindible a la hora de decodificar el lenguaje, solo de esta manera el ser humano logra la correcta interpretación
de las palabras y comprende su alcance y
belleza. Es por ello que a lo largo de la historia, los sistemas totalitarios
siempre han tratado de acallar la razón, para imponer un lenguaje abusivo y de
confrontación.
Marcelo Miranda Loayza
Artículo publicado originalmente el 17 de octubre de 2021 en el Matutino El Diario