¿Hasta dónde debe ir la voluntad de diálogo?, ¿hasta dónde debemos aguantar abusos, delitos y amenazas en aras de la paz y el entendimiento? ¿Es necesario sacrificar valores éticos (que deberían ser innegociables) solo para “pacificar” el país? Todas estas preguntas están hoy sobre el tapete. Para la mayoría de los políticos el “diálogo” es la llave para la obtención de poder, es decir, su actitud timorata y pusilánime tiene un trasfondo de cálculo político, donde el no arriesgar nada es sinónimo de buen actuar, esto con el fin de quedar como “pacifista” ante la opinión pública. El Papa Francisco señalaba en su Homilía en Santa Marta el 25 de noviembre de 2016: “El diablo es un mentiroso, es el padre de la mentira, es un estafador, Jesús nos enseña a no dialogar nunca con el diablo. Con el diablo no se dialoga”, es decir, con el mal no se dialoga, no se transa ni se pacta, pero pese a ello nuestros actores políticos una y otra vez prefieren acercarse al mal para transar con él a camb...
Espacio de opinión con un toque de Fe, de Marcelo Miranda Loayza