lunes, 10 de junio de 2013

LA CODICIA NO RECONOCE A SUS HIJOS


La semana pasada escuchando los noticieros locales me encontré con la noticia de la construcción de un complejo de departamentos de ultima generación en la ciudad de La Paz, esto gracias a la multimillonaria inversión de un empresario español el cual ya había hecho grandes inversiones en el país en el pasado, hasta ahí todo bien, pues este emprendimiento traerá no solo modernidad a la bella La Paz sino también fuentes de trabajo, ya estaba por cambiar de canal cuando el empresario en cuestión lanzo un par de frases que llamaron mucho mi atención, en primer lugar señalo que el hombre en si es un ser ambicional, lo cual quiere decir que siempre, pero siempre ambicionara más de lo que tiene, seguidamente dijo que debido a que somos ambiciónales no podemos ni mucho menos ser iguales entre nosotros. Con esto no trato ni mucho menos poner en tela de juicio la buena voluntad del inversor español, ya que en definitiva el pensamiento “ambicional” no es invención del empresario en cuestión sino que es fruto de una corriente global la cual si no es bien enfocada termina  en una carrera egoísta y egocentrista que tiende a destruir no solo a la sociedad sino al ser humano en si.

La humanidad vive en una sociedad totalmente monetizada ambicional, donde el tener más y más se a convertido en casi una religión, el ser humano esta dejando de importar como centro de la creación para convertirse en un simple número, como denuncio sabiamente el Papa Francisco “no es noticia ya la muerte o el hambre de una persona, pero si la bolsa cae 10 puntos se convierte en portada de los diarios y noticia central de los informativos”, la economía de igual manera ya no es vista como una forma de servicio hacia el ser humano se a convertido en una especie de religión donde todo hombre debe postrarse ante ella o simplemente desaparecer de la sociedad de consumo, bajo estos preceptos el ser humano si es ambicional porque siempre estará tratado de tener más para no pasar desapercibido dentro del consumismo depredador de este siglo 21, dentro de esta visión individualista no cabe la igualdad ni la equidad, la ostentación simplemente no acepta la paridad de condiciones o recursos, tener más se convierte así en una necesidad innecesaria.

Vivir bien en esta sociedad extraña no es una máxima de igualdad o de alcanzar las condiciones necesarias para subsistir dignamente, ahora el vivir bien tiene que ver con la ostentación de lo innecesario y lo ridículo, esto obviamente en desmedro de los que no alcanzan el status de poder o mejor dicho de estupidez que generalmente poseen los que ambicionan tener más y ser más, viendo esto es necesario un cambio radical en el modo de pensar del hombre, hemos puesto como el centro de nuestras vidas a la economía, al dinero, la humanidad a pasado a segundo plano, de esta manera sus necesidades y sentimientos no son relevantes en una economía de mercado, creamos con ello seres solitarios y tristes los cuales al no encontrar su espacio dentro del medio en que se desenvuelven son simplemente desechaos, de ahí la gran cantidad de suicidios en sociedades altamente “desarrolladas”.

La humanidad se encuentra inserta en una carrera de tener todo para luego no tener nada ya que la ambición desmedida y la codicia dan como resultado la miseria del corazón humano, lamentablemente el hombre sigue siendo lobo del hombre, lo que nos llega a concluir que la sociedad actual esta encaminada hacia su autodestrucción y esto lo hace por increíble que parezca de manera conciente.

Al parecer no existe a simple vista una salida al meollo en que nosotros mismos como sociedad nos hemos metido, el corazón humano se encuentra adormecido y no existe ninguna ley o norma que lo pueda despertar del encierro egoísta y comercial en el que se encuentra, es por esta razón que la religión y la FE son cuestionadas, ridícularizadas, y en extremos hasta prohibidas, ya que una FE coherente ve primero la dignidad y la igualdad del prójimo como una máxima de vida antes que la comercialización de la codicia.

Solo cuando el ser humano vuelque sus ojos hacia DIOS volveremos a tener esperanza como sociedad, mientras tanto seguimos encaminándonos hacia nuestra propia autodestrucción ya que la codicia no reconoce a sus hijos.